Ideas políticas contra el desempleo

IDEAS POLÍTICAS CONTRA EL DESEMPLEO

¿Qué tipos de medidas pueden adoptar los gobiernos y la sociedad en su conjunto para disminuir la gravedad del problema? ¿Qué implicancias pueden tener tales medidas para las empresas y de qué forma se ven afectadas por este problema las familias, tanto en el presente como en el futuro? Opiniones bienvenidas...

Actuación sobre la demanda de trabajo

Un primer ámbito de actuación es el fiscal o parafiscal, es decir, el que concierne a las cargas impuestas por el Estado y que inciden directamente sobre los costes salariales. Las cantidades a cuenta del impuesto sobre la renta o las contribuciones del asalariado a la Seguridad Social aumentan la presión sobre los salarios; los impuestos sobre la nómina o las contribuciones empresariales a la Seguridad Social inciden directamente sobre los costes salariales. Es evidente que el Estado debe financiar sus gastos , pero no hay razón para que tales cargas incidan directamente sobre los salarios.

Si, por ejemplo, se aumentara el impuesto sobre la renta globalmente (incluyendo a los no asalariados) y el impuesto sobre los beneficios de las empresas, y simultáneamente se disminuyeran las contribuciones empresariales a la Seguridad Social, entonces la carga fiscal sobre la totalidad del sistema económico sería la misma, pero los empresarios encontrarían más barato emplear personas y más caro utilizar capital para sustituir a esas personas.

En segundo lugar, todo gobierno debería ser consciente de que un aumento del salario mínimo reduce inmediatamente la demanda de trabajo para aquellas tareas cuya productividad es tan baja que dejan de ser rentables con los nuevos niveles de salarios.

En ese aspecto sería conveniente estudiar la posibilidad de complementar los ingresos de quienes cobran los niveles más bajos de salario (mediante lo que Milton Friedman califica de "impuesto negativo sobre la renta"), en lugar de pagar un seguro de desempleo, obligando, como se hace habitualmente, a no trabajar a quien lo percibe. El principio de "ayúdate y Dios, o sea, el gobierno, te ayudará" es muy difícil de aplicar en economía, pero no debería ser olvidado.

Ligado a este problema está un tercer método de fomento de la demanda de trabajo: los subsidios al empleo marginal, en definitiva, abaratar para las empresas el empleo de nuevos trabajadores: por ejemplo, eximiéndoles de parte de las cuotas de la Seguridad Social o reduciendo sus impuestos).

Este tipo de subsidios lleva consigo el grave peligro de crear distorsiones, que a veces son más perjudiciales que beneficiosas. Pero cuando existen graves problemas estructurales, de tipo regional o sectorial, los subsidios pueden ser útiles si consiguen, de forma generalizada y con la menor distorsión posible, disminuir el coste salarial en una zona, en un sector o en una determinada categoría de personal.

Existe siempre la tentación por parte del sector público de recurrir a la creación directa de empleo, bien temporal o permanentemente, aumentando sus plantillas o lanzando programas temporales de contratación de mano de obra. Se argumenta que más vale emplear a alguien en trabajos para la comunidad que pagarle un subsidio de desempleo. Y efectivamente así sería, si el coste de esos trabajos no fuera muy superior a las cantidades percibidas por los trabajadores. El empleo comunitario puede dar lugar a muchos abusos y mucho despilfarro, creando además una competencia a empleos realmente productivos pero de baja remuneración. Para que tenga un impacto positivo, la creación de empleos por el sector público debería corresponder a auténticas necesidades comunitarias, o bien estar ligada a programas de formación profesional.

Esta cuestión es de vital importancia para atajar el problema de desempleo tecnológico. En zonas y sectores de desempleo estructural permanente debería condicionarse el mantenimiento en el subsidio de desempleo después de un período no muy largo de participación en programas de formación profesional, públicos o privados. Del mismo modo, los subsidios al empleo marginal antes mencionados pueden estar ligados a la formación profesional. No habría que olvidar que esta cuestión de la formación profesional y de la educación en general es de vital importancia en un mundo de cambio acelerado como el que se aproxima.

Una oferta más repartida

Nos hemos referido hasta ahora a medidas que tienden a reducir el coste de la mano de obra, incrementando así su demanda. Pero existe también un procedimiento que, sin incrementar la demanda total de mano de obra, puede aumentar el empleo medido en número de personas y disminuir por tanto el desempleo.

Se trata de la destrucción del número total de horas trabajadas por empleado. Esa reducción se puede conseguir por dos vías: la reducción, decretada o pactada, del número de horas trabajadas al año, o la flexibilización de horarios que facilite el empleo a tiempo parcial.

El segundo procedimiento tiene la ventaja de permitir una mejor adaptación entre la oferta y la demanda de trabajo y una utilización más racional de los recursos de capital existentes. Debe evitarse, sin embargo, el peligro de que se produzca una categoría específica de trabajadores con menos derechos que los demás en cuanto a protección social.

El primer procedimiento (la reducción del número de horas trabajadas al año) comporta el grave riesgo de incrementar los costes salariales y causar más desempleo que el que aparentemente elimina. Pero es innegable que los avances tecnológicos van a permitir incrementos de productividad muy sustanciales y van a provocar cambios importantes en la estructura de la demanda. Ambos fenómenos requerirán, más tarde o más temprano, una reducción del número de horas trabajadas. Esa reducción puede tener contrapartidas muy diversas: no sólo disminuirá la jornada laboral propiamente dicha, sino que aumentarán los períodos de vacaciones y podrán alargarse los fines de semana a dos días y medio o tres. Otra contrapartida necesaria podría ser la existencia de períodos de formación o reciclaje. En otras palabras, en un mundo cada vez más avanzado tecnológicamente y sujeto a cambios acelerados, la contrapartida del menor tiempo de trabajo productivo puede ser no sólo el ocio, sino también la formación que permita una mejor adaptación al cambio.

Las sociedades avanzadas deberán seguir ese camino antes o después, y los gobiernos, organizaciones empresariales y sindicatos deberían facilitar el ajuste, en la medida de lo posible. Pero se debe recalcar que, en un período de crisis, la simple reducción de horarios sin una reducción equivalente en el coste salarial no surtiría los efectos deseados y sería contraproducente.

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